Era se una vez dos jóvenes, que se conocían desde niños. Él era un
muchacho bien plantado y ella una muchacha bastante común. Ella no sobresalía
de las demás por su belleza física, aunque era agraciada.
A la edad de quince años, las dos familias se separaron. El muchacho y su familia se fueron a un pueblo cercano a vivir, porque allí el cabeza de familia, había encontrado trabajo.
El muchacho creció fuerte y sano, a causa del trabajo duro de herrero. Tuvo pretendientas dispuestas a todo, con tal de que fuera su compañero. Él se divertía con ellas y después las
olvidaba.
Un día decidió independizarse y se marchó al pueblo en el cual había crecido. Se instaló y abrió una herrería. Las cosas le iban bien.
Descubrió que su amiga se había casado con un hombre que le doblaba la edad y encima le pegaba. El marido de su amiga tenía muy mal carácter y nadie se atrevía a llevarle la contraria.
 Un día la vio por el pueblo. El cabello suelto y enmarañado le cubría el rostro y su mirada era huidiza. Nunca había tenido hijos. Caminaba deprisa.
-Hola – la saludo. Ella lo miró al principio sin reconocerlo, luego sonrió o lo intentó, pues tenía el labio partido.
-Me alegra verte- le dijo ella- Te va bien, en la herrería
-Sí- contestó él- ¿Tu como estas?
Ella lo miró y escondió la mirada turbada. No deseaba que la viera de aquella manera.
Apresuró el paso, pero él la cogió del brazo y la volvió hacia sí. Le aparto los cabellos del rostro y vio varias magulladuras en él. Ella se soltó y se marchó precipitadamente de su lado.
El muchacho cuando acabo el trabajo se dirigió a la casa de los padres de ella. Les pregunto cómo la habían casado con aquel animal. Ellos le respondieron con lágrimas en los ojos, que no
habían tenido más remedio que hacerlo. Le debían a aquel hombre una suma de dinero que no habían podido pagar y había reclamado a la muchacha.
El herrero decidió ir al día siguiente a casa de aquel hombre y hablar con él. El hombre lo recibió medio borracho y con un gruñido.
-Me han dicho que la muchacha que tienes a tu servicio la compraste. Así que quiero saber cuál es su precio- le dijo el joven herrero. El otro lo miró con los ojos abiertos de par en par.
– ¿Para que la quieres? Si no sirve para nada.
-Necesito alguien que me limpie la casa mientras trabajo. Te ofrezco treinta monedas de bronce. Es más, de lo que perdiste con sus padres.
-Está bien. Te la puedes llevar- le dijo el hombre pensando que aquellas treinta monedas le irían muy bien. La muchacha se marchó con su antiguo amigo. Este la llevo a la casa de sus padres. Ambos la miraron con los ojos abiertos, llenos de lágrimas. Los tres se abrazaron. El herrero los dejo solos. Tendrían muchas cosas que decirse.
Al día siguiente el herrero se puso su mejor traje y marcho a la casa de la muchacha. Fue recibido con gran alegría por parte de todos. Estuvo todo el día con ellos. Cuando atardecía los dos jóvenes se marcharon a pasear por el llano.
– ¿Sabes por qué vine a este pueblo? – ella negó con la cabeza. – Vine por ti. – Él se volvió hacia ella y la miró directamente a los ojos- Debo contarte algo. He estado con muchas mujeres, algunas más bellas que tú. Pero ninguna de ellas me ha dado lo que me dabas tú cuando estábamos juntos. Me he dado cuenta que te quiero y que mis labios, cuando besaban otros labios te buscaban a ti. Y que cuando contemplo una mujer hermosa, creo que eres tú. Me doy cuenta que, para mí, eres la mujer más hermosa que nunca he visto. Aunque estés magullada como ahora. No deseo otra mujer más que a ti, a mi lado como mi mujer.
La muchacha se sonrojo intensamente. Siempre había deseado escuchar esas palabras de su boca y ahora se sentía transportada por el viento que agitaba su pelo. Miraron como el sol
se ponía en el horizonte. Y mientras lo hacían se cogieron de las manos y se dieron su primer beso.

Seguramente había mujeres más hermosas que ella o que con la edad se mantuvieran mejor, pero para él, ella era la mujer que quería y su amor la hacía hermosa. La mujer más hermosa nunca vista ni por ver.